MIS APACHES CALLARON.

Armando Torres

Alrededor de las tres de la tarde se empezaron a asomar los primeros rostros pintados, con atuendos de indios, o de apaches, otros con deshilachados pantalones y camisas que reflejaban la urgencia de mostrar la naturaleza de sus cuerpos, algunos juveniles, pero también los cuarentones. Por los diferentes puntos comienzan a llegar a reforzar la manifestación de identidad y deseos de ser tomados en cuenta como miembros de una sociedad, que al menos por hoy se olvida de sus problemas, deja a un lado las diferencia sociales, económicas, derribando las barreras de los prejuicios, de la opulencia de unos cuantos, o de necesidad de presumir los vehículos de los padres, o las playeras y prendas de marcas de complicada pronunciación.  



La plaza pública lo es, se convierte en el centro de culto y ritualidad comunitaria; el saludo con machete en mano y danzando es signo de renovación de los vínculos vecinales, sin importar el barrio o descendencia indígena o pseudo española. La emoción de una festividad, celebrada con tanta pasión y desgarro, que rara vez podremos presenciar. Es la liberación, el éxodo de la apariencia a la búsqueda de lo que somos, la desnudes inigualable, los rostros expresan decisión de amarse y unirse, en una noche, en que los políticos no le impiden a nadie juntarse o hablarle a fulano, “hoy es noche libre”, ni el Frente por la Familia puede impedir que los travestis, las mujeres solitarias, los jóvenes, los Juniors, los proletarios, los sin tierra ni ilusiones, puedan disfrutar de la amistad y hermandad, compartiendo un trago de alcohol a “fondo”, como fundiendo un pacto de los que el resto del año vamos por la vida divididos, enojados, envidiando, obstruyendo, pisoteándonos, no solo el alcohol se coloca en lo común, el humo y olor a marihuana alegra a unos cuantos, para su inspiración y brincar, saludar, personificando al mítico cura de Dolores, que hace más de dos siglos organizara a los burgueses, y estos dispusieran de los indios a luchar por el contrario un régimen político que les cortaba toda aspiración de ascender en el tejido social monárquico de aquellos días.

La noche cobija la embriaguez, que se disuelve en el sentimiento patriótico, las banderas de tres colores, quizá fabricadas en china, lo mismo que la pintura y otros accesorios, la música envuelve el ambiente. Frente al palacio municipal, las parejas bailan a ritmo de banda, unos abrazados, los árboles, que en días ordinarios sus guarniciones son empleadas como asientos de los trabajadores municipales, hoy están disponibles para los grupos de amigos  que brindan por sí mismos. La cantidad de alcohol, las danzas, la búsqueda de quien pudiera ofrendar su placer, nos hace recordar las festividades de Baco o Dionisius, dios de la beligerancia del exceso y del volver al origen de la vida que surge crece y fenece.

Alrededor de las 10 pm comienzan su arribo funcionarios del gobierno estatal, así como directores encargados de instituciones educativas superiores, engalanando el preámbulo del grito que dará el presidente municipal. Puntual, con la gallardía que lo caracteriza, acompañado de su esposa, doña Lucy, ingresan en medio de la muchedumbre que por esta ocasión les permite pasar sin obstruirles el paso con peticiones. Así es irrumpe la formalidad para que Lino García, pronuncie la exhortación a recordar a los “héroes” de la Independencia.

Las familias comienzan a retirarse, lo mismo los adolescentes y jóvenes que mañana tendrán que desfilar, frente a las mismas personas públicas que hoy brindan con ellos por la Patria y la Libertad. Los ricos ven con buenos ojos a los pobres, aquí no hay recuerdos ni reclamos, solo el deseo de desbordar la fraternidad.

Lentamente el días siguiente se empodera, haciendo sentir su protagonismo, cedido apenas unas horas del anterior, dando un receso a la amistad, a los momentáneos besos y abrazos, retirándose cada cual a donde dormirán apenas unas horas, antes de proseguir la independencia de los prejuicios y desigualdades, anunciando su  caminar, con el canto de los machetes y gritos.

 Amanece el 16, con su claridad los uniformados, niños, jóvenes y profesores reunidos en la curva del semáforo, esperando que inicie el desfile conmemorativo al 206 aniversario de comienzo de la lucha insurgente. De todos colores, y tonos, peinados y porte, así lucen los contingentes. Desde los alineados, vestidos igual para impresionar disciplina, a los que portaban camisa, profesoras de elegantes encajes, o quienes preferían lucir sus curvas en entallados pantalones. Los rostros de los jóvenes cansados de un peregrinar, siendo objetos de la mirada tono menos patriótica de las familias que salieron al espectáculo del marchar como lo hicieran las juventudes comunistas y los ejércitos de los dictadores fascistas, pero la costumbre es más fuerte que el escrutinio de la historia y de las prácticas a las que se ven sometidos los niños y jóvenes.


Así al medio día concluyó el desfile cívico, para que los apaches y los gachupines reanudaran su celebración; entre pasos de baile, varones mostrando su lado femenino, niños iniciándose en la ritualidad  asistida de música,  alcohol y hermandad, hasta que el día se canse, y lentamente se concilien con la realidad de sus casas, barrios y esposa o padres que se entregan a la cotidianidad de la vida de Tejupilco.

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