EL ANTIGUO OFICIO DE RESINERO.

El oficio de resinero en el sur del estado de México podemos observarlo en la regiones de la montaña de Amatepec, Sultepec, Almoloya de Alquisiras, Temascaltepec, Tejupilco y Zacualpan, el oficio poco a poco pierde terreno sin embargo las anécdotas de resineros de la zona afirman que en su tiempo mucha gente se dedicaba al mencionado trabajo, llevando la resina obtenida de estos lugares a las fabricas que se ubicaban en Donato Guerra y en Almoloya de Alquisiras, así mismo Valle de Bravo fue un importante productor de resina durante el siglo XX resineros del estado de Michoacán acudían a sus montes para obtener tan prestigiado producto.   

Hacienda de beneficios Arcos de Almoloya de Alquisiras, en esta antigua hacienda llegaban resineros para procesar la resina. 

La resinación era una profesión dura por el enorme esfuerzo físico que requería; mísera, por los ínfimos sueldos percibidos por los obreros sobre la base del tiempo empleado y de las penalidades soportadas, y sacrificada, porque para ellos no existía horario laboral ni días de vacaciones reglamentadas. Sin embargo, estos trabajadores aceptaron su oficio estoicamente porque no sabían hacer otra cosa y era lo único que habían visto, pues desde siempre lo habían practicado sus padres y sus abuelos. El resinero era un obrero por cuenta ajena que trabajaba a destajo, siendo su salario el resultado de multiplicar el número de kilos de miera recolectados por el precio acordado por kilo; a este importe había que añadir una cantidad en concepto de labores de preparación, que variaba según los pies o las entalladuras resinadas, incluyendo en la misma también los conceptos de pica, remasa, descanso semanal, vacaciones, pagas extraordinarias, desgaste de herramientas, primas especiales, prima de exceso de picas y participación en beneficios.

La jornada laboral del resinero estaba delimitada exclusivamente por la salida y por la puesta del sol, es decir, cuanto más temprano amanecía, antes estaba en el monte y cuanto más tarde anochecía, más tarde regresaba a casa; eran agotadoras jornadas de trabajo, de sol a sol, y aún más, hasta dejarse los ojos sin visión. Esto sin contar que, en muchos lugares, hasta los años 50, el resinero vivía durante toda la campaña en el monte alejado de su familia, compartiendo humildes chozas con otros compañeros. 

La distancia hasta el tajo tampoco era una cuestión baladí, pues en la época en que el trayecto debía hacerse a pie (por carecer de un medio mecánico de locomoción), el resinero podía tardar una hora o más en llegar y, lógicamente, otro Canto en volver; muchas veces con herramientas a cuestas, comida y agua en una botija, metidas en las alforjas también al hombro, sin olvidarse la manta, el tapabocas o la bufanda, según la época, necesarios para combatir las frías temperaturas y las fuertes heladas matinales.

Estos obreros, por lo general, desarrollaban su trabajo en solitario, siendo las únicas visitas que recibían durante la jornada la del familiar que les llevaba la comida (y no siempre), la de algún pastor o el cabrero que apacentaban sus rebaños y pasaban por el lugar donde estaba trabajando el resinero, o la del guarda forestal o el de la empresa que se acercaban a la mata para tratar de algún asunto relacionado con el trabajo o vigilar su desarrollo. Fácilmente puede colegirse lo que suponía, en estas circunstancias, una indisposición, un accidente o cualquier contingencia, bien como consecuencia del propio trabajo, bien por otras causas, como las derivadas de fenómenos atmosféricos, en particular las tormentas acompañadas de aparato eléctrico (en bastantes ocasiones, el resinero sufría algún sobresalto por la caída de rayos cerca de donde estaba guarecido, viendo después sus efectos en pinos totalmente hendidos y astillados a lo largo de todo su tronco por la caída zigzagueante de una `chispa'). 

Zona de coníferas en el sur del estado de México. 

Don José Mondragon Tapia es un antiguo resinero de Michoacan que trabajo en los montes de Amatepec, Sultepec, Tejupilco, Almoloya de Alquisiras, Zacualpan y Valle de Bravo. 

El resinero estaba expuesto igualmente a otros avatares dignos asimismo de ser tenidos en consideración, como la climatología extrema existente, variando desde las fuertes heladas y la abundante nieve hasta las tórridas temperaturas, según los meses; o, en primavera, la procesionaria, cuyos efectos se notaban en la hinchazón de las manos e irritación de la piel al coger objetos que habían estado en contacto con estos dípteros (corteza del pino, barrujo, virutas, cacharros, etc.); o, en los días calurosos del verano, los tábanos a los que debía estar atento para evitar los dolorosos picotazos de estos insectos hembras, feroces y tenaces.

 Tampoco deben dejarse a un lado ciertas prácticas que algunos industriales llevaban a cabo y que no le resultaban beneficiosas precisamente, como el descuento de las impurezas contenidas en la resina, cuyo cálculo se realizaba de manera totalmente arbitraria y expuesto a grandes errores, por lo subjetivo y nada científico del procedimiento empleado (reglamentariamente, el fabricante sólo podía deducir las impurezas, tanto sólidas como líquidas, que excedieran del 2 por 100 en las remasas normales y del 3 por 100 en la del barrasco, que era la última de la campaña” Lázaro Hernández Muñoz.

Fuente:

EL ANTIGUO OFICIO DE RESINERO, Lázaro Hernández Muñoz. 


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